"La angustia
es nuestra mejor maestra", decía Kierkegaard.
El problema es
que en estos tiempos casi nadie quiere aprender nada.
Si algo se puede
afirmar con bastante generalidad del “tipo promedio” es que no sabe casi lo que
quiere… pero sabe que no quiere la angustia. Y eso ya es algo… aunque esté
equivocado.
Pero con este “principio”
inverificado de que “hay que huir de la angustia” el tipo se la pasa haciendo parva
de insensateces para anestesiarla.
En este trajín, no
tiene la más puta idea de lo que para sí mismo está bien o mal, y ni siquiera
de lo que le gusta o le desagrada: lo único que lo mueve es evitar la angustia.
Pero como está ciego, lo único que atina a hacer es lo que le sugiere el
algoritmo: mayormente comprar algo.
No es raro, por
lo tanto, con este “punto de partida”, que haga, en algún momento crítico de su
vida, un desborde de ansiedad o angustia. Uno para el que ya las anestesias
habituales no le funcionan.
Y entonces el
tipo pide ayuda. Y entonces el psiquiatra va y lo anestesia.
Pero, en mi
opinión, caer en una terapéutica de la homeostasis es lo peor que le puede
pasar.
¿Qué sería una
“terapéutica de la homeostasis”?
Una terapia que
apunte solo a anestesiar el síntoma.
Una “terapia benzodiazepínica”.
Una terapia que
busque restaurar el (supuesto) equilibrio previo.
Una terapia de
este tipo va a ver los “síntomas” como signos de algo indeseable que hay que
eliminar (o al menos anestesiar), en lugar de verlos como la oportunidad
existencial que en realidad son.
Lo que sugiero es
lo contrario:
La ansiedad y la
angustia no son una desgracia.
Son una
oportunidad.
Son la
oportunidad que la vida nos da de salir del estado de embotamiento en el que
nos precipitó la existencia inauténtica: mezcla de repetición aburrida y sin
sentido y búsqueda de “la plenitud” (sea lo que sea que el tipo se imagine con
esto, pero que por lo general tiene que ver con comprar algo).
La ansiedad y la
angustia, entonces, son la oportunidad para salir de la apatía de una vida sin
sentido.
Por supuesto que
son “incómodas”.
Por supuesto que
no hay que buscarlas intencionalmente.
Por supuesto que
hay casos en los que el desborde es tanto que primero es necesario anestesiar un poco,
porque de lo contrario no se puede trabajar.
Pero “la
comodidad” es lo que posibilita el sueño de la burbuja autosuficiente y bloquea
toda oportunidad de elaboración y cambio.
La angustia y la
ansiedad, entonces, son signos de que algo muy vital de nosotros mismos se
percató de (y se está rebelando contra) una vida vacía, repetitiva y
autocentrada en la que nos fuimos deslizando sin advertirlo.
Son como oscuros
síntomas de nuestra sed de transformación y desarrollo.
O de nuestro hartazgo
de autorreferencialidad estancada.
Es, pues,
perfectamente legítimo que sean desesperantes.
Signos de que no
estamos definitivamente muertos o hipnotizados.
Signos de que
algo en nosotros (algo profundo y vivo) se rehúsa a seguir anestesiado.
Recuperar en este
punto la “tranquilidad” es matar la semilla de la identidad.
Lo más saludable
(o sea, lo más humano) es afrontar esa incomodidad o esa insatisfacción
primaria, y buscar la manera de “darle cauce” hacia la plenitud de una vida con
significado.
Tanto la angustia
como la ansiedad son “intensidades desorientadas”.
Lo más notable
del “tipo promedio” es, justamente, la falta de intensidad. Su falta de “tono
muscular” en el alma. A veces, incluso, su pánico a la intensidad. Pero también
por eso, la peor estrategia cuando tiene justamente un “brote de intensidad”,
es volver a anestesiarlo.
O sea.
La angustia es
intensidad.
La intensidad es
vida.
Pero también
puede matar si está mal canalizada.
La clave, en mi
opinión, es devenir capaz de tramitar esa intensidad desagradable para
transmutarla en intensidad fértil, generativa.
Por supuesto, a
ningún dormido le gusta que lo despierten (como a ningún adicto que lo priven
de la droga).
Lo natural es que
te cague a puteadas si le prendés la luz.
Solo agradece ser
despertado aquel que advierte que está transitando una pesadilla.
Pablo Berraud

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