Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas de enero, 2025

LA FERTILIDAD DEL FRACASO

Ya desde muy antaño en occidente conocemos esa metáfora que señala que para "ver la luz" hay que caerse del caballo. Parecería que, mientras tanto y hasta entonces, uno vive cegado por el espejismo voluntarista y meritocrático. Es natural y sano tener miedo al fracaso (tanto en lo vincular, como en lo laboral o lo social). Es como temer caerse de un acantilado: nos aleja de los bordes. Pero a veces los bordes se acercan sin nuestro consentimiento. Aunque también existen los que lo generan inconcientemente como una especie de autocastigo. Estos últimos en realidad "triunfan al fracasar" por lo cual, en ese caso, el fracaso no cumple  el efecto al que me estoy refiriendo acá. Claro que fracasar es traumático. Pero algunos fracasos son completamente imaginarios. En la pareja sentimos como fracaso cuando la otra parte nos deja de idealizar, cosa que siempre sucede cuando se diluye el primer enamoramiento. Pero es justamente lo que hacemos para querer restaurar esa ideal...
  ¿Decimos nuestra palabra o nuestra palabra nos dice? ¿Formulamos nuestras oraciones o nuestras oraciones nos forman? Y me pregunto ¿cuánto narcisismo hace falta para sentirse dueño de la propia palabra? Cada palabra pronunciada (o pensada) es una invocación a un ángel o un demonio . Cuando venimos al mundo lo que nos espera es la palabra. Y toda inspiración cabalga en la palabra  Estamos hundidos, inundados, impregnados, envenenados y redimidos por palabras. Están literalmente en nuestra carne. No hay otro veneno ni otro antídoto. Creo que sin palabras no hay principio. Creo que la palabra es el verdadero Dios y es tan magnánima que sirve hasta para negarse a sí misma. Creo que no se puede creer en nada sin palabras, como tampoco descreer de ninguna cosa (que en definitiva no es más que otra creencia). Hasta un nihilista necesita creer (al menos) en la palabra "nada". Pablo Berraud

¿Quién se beneficia con el relativismo ético?

Siempre me llamó la atención la vehemencia con la que los relativistas defienden esta cuestión de que "todo es relativo" o "ninguna opinión tiene más valor que otra", como religioso que defiende un dogma de fe. Poniéndole onda, sospecho que puede haber detrás de eso un intento de rescatar la dignidad de todo humano y su derecho a decir.  El problema es que, en esa "buena intención" (démosles el beneficio de la duda), se les pierde de vista el hecho de que los discursos socialmente establecidos nunca son inocentes.  Siempre hay detrás de éstos una disputa de poder. Es más, en todo vínculo en el que no se haya podido "limpiar" la lucha de poder (quién la tiene más grande), siempre termina ganando el más fuerte o el más sagaz (que es otra forma de fuerza). Entonces, este "relativismo absolutista" termina siendo una ingenuidad peligrosa, que habilita  a los más psicópatas de nuestra "bendita" sociedad para hacer el mal.   Total, t...

Del manual de instrucciones...

Los que tenemos lenguaje (o sea usted y yo) incorporamos también junto con éste, una especie de manual de instrucciones individual que viene a ser una especie de app o programa de amplio espectro que va guiando gran parte de nuestros actos cotidianos. Serían como las reglas verbales de Skinner articuladas por el superyó de Freud. Las instrucciones de las que consta ese "programa" regulan nuestra conducta social y la percepción de nosotros mismos. Desde "no debo orinar en público" hasta "no soy bueno para las matemáticas". Algunas autoinstrucciones, por lo tanto, son útiles, incluso imprescindibles. Pero otras son autolimitantes y, muy frecuentemente, no tienen nada que ver con la realidad. Muchas veces, por razones más bien fortuitas, a una frase soltada al azar por alguno de nuestros progenitores o figuras de referencia, le damos tal trascendencia que la convertimos en un supuesto eje de nuestra identidad. Y así andamos a veces, soportando la carga de pal...