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LA FERTILIDAD DEL FRACASO



Ya desde muy antaño en occidente conocemos esa metáfora que señala que para "ver la luz" hay que caerse del caballo.
Parecería que, mientras tanto y hasta entonces, uno vive cegado por el espejismo voluntarista y meritocrático.
Es natural y sano tener miedo al fracaso (tanto en lo vincular, como en lo laboral o lo social). Es como temer caerse de un acantilado: nos aleja de los bordes. Pero a veces los bordes se acercan sin nuestro consentimiento.
Aunque también existen los que lo generan inconcientemente como una especie de autocastigo. Estos últimos en realidad "triunfan al fracasar" por lo cual, en ese caso, el fracaso no cumple  el efecto al que me estoy refiriendo acá.
Claro que fracasar es traumático.
Pero algunos fracasos son completamente imaginarios.
En la pareja sentimos como fracaso cuando la otra parte nos deja de idealizar, cosa que siempre sucede cuando se diluye el primer enamoramiento. Pero es justamente lo que hacemos para querer restaurar esa idealización lo que termina destruyendo el vínculo.
Todo fracaso resquebraja un poco el yo ideal. 
Pero eso que nos parece catastrófico es en realidad una ventaja, porque el yo ideal es que nos oculta el yo real, que es el único desde el cual podemos construir una subjetividad equilibrada.
Por eso creo que el más afectado en relación a su madurez personal es el que nunca fracasó.
Creo que  comprender a los otros (y a uno mismo) como seres necesitados  no puede venir de ninguna otra parte que desde el derrumbe de nuestra omnipotencia y perfeccionismo.
Y encontrarle un sentido al fracaso quizás sea el principio de la sanación.

Pablo Berraud

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