Todo lo que existe, tiende a perseverar en su existencia, dijo Spinoza. De ahí el famoso "instinto de supervivencia" de los seres vivos. Pero la cosa en el bicho humano se complica. El bicho humano, por vivir en el tiempo, necesita recordarse permanentemente a sí mismo que él "es". Como si tuviera un disco en la cabeza repitiendo "yo soy el mismo que un momento atrás"... pero sin palabras. Si la cosa fuera verbal e individual esto se podría explicar simplemente: el tipo se está diciendo permanentemente a sí mismo quién es, porque eso es lo que para él significa "sobrevivir": tener una representación más o menos consistente de sí mismo en el tiempo. Dicho al revés: el instinto de supervivencia para el bicho humano significa estar "diciéndose" permanente e ininterrumpidamente "yo soy". Pero "diciéndose" entre comillas, porque esto no tiene necesariamente que ver con la palabra. La mayoría de este "decirse"...
Los unos son los que ponen el dedo en la llaga, los otros hablan de la llaga que tocó uno. Los otros son los que siguen el ritmo, los unos los que, al tropezar, lo cambian. Los unos son los que se rebelan a "la Cosa", los otros son los que convierten esa particular rebeldía en un dogma universal y a "la Cosa" en un demonio. Los otros son los que pergeñan una doctrina basada en las herejías que cometió uno. Los unos se quieren recortar sobre el paisaje, los otros quieren "ser" el paisaje. Los unos se creen mejores que los otros, los otros se creen más cuerdos que los unos. Los unos quieren reestructurar el mundo, los otros quieren tratar de conservarlo. Con gran frecuencia, tal vez en secreto, los unos quieren ser los otros y los otros anhelan ser los unos. Pero "los unos" y "los otros" no son tipos de personas sino "roles sociales". "Trajes" que las personas se ponen intermitentemente en sus actitudes hacia ...