Todo lo que existe, tiende a perseverar en su existencia, dijo Spinoza. De ahí el famoso "instinto de supervivencia" de los seres vivos. Pero la cosa en el bicho humano se complica. El bicho humano, por vivir en el tiempo, necesita recordarse permanentemente a sí mismo que él "es". Como si tuviera un disco en la cabeza repitiendo "yo soy el mismo que un momento atrás"... pero sin palabras. Si la cosa fuera verbal e individual esto se podría explicar simplemente: el tipo se está diciendo permanentemente a sí mismo quién es, porque eso es lo que para él significa "sobrevivir": tener una representación más o menos consistente de sí mismo en el tiempo. Dicho al revés: el instinto de supervivencia para el bicho humano significa estar "diciéndose" permanente e ininterrumpidamente "yo soy". Pero "diciéndose" entre comillas, porque esto no tiene necesariamente que ver con la palabra. La mayoría de este "decirse"...
Existir es ser reconocido por un Otro. La sensación de existir no puede ser construida por uno mismo. Nos es concedida por la atención de los demás. Sin los demás, no hay forma de construir la idea de valoración personal. Por lo tanto (y mal que les pese a más de un fundamentalista de la autonomía) son los demás los que nos dan "permiso de existir": la sensación de tener derecho a la vida. Y esto no es una decisión que el tipo puede tomar: es un hecho constitutivo de su identidad. No lograr ser "reconocido" (validado, confirmado) por al menos algún otro (frecuentemente la pareja), es vivido imaginaria o simbólicamente como una amenaza de muerte social. Y la muerte social, para el ser gregario, no es más que una predicción de la muerte física. Atávicamente, si la manada te abandonaba te comían las fieras. Literal. En algún lado del inconciente (en la memoria de la especie) tenemos la oscura noción de que solos nos morimos. No es tan raro entonces que, cuando nos h...