Todo lo que existe, tiende a perseverar en su existencia, dijo Spinoza. De ahí el famoso "instinto de supervivencia" de los seres vivos. Pero la cosa en el bicho humano se complica. El bicho humano, por vivir en el tiempo, necesita recordarse permanentemente a sí mismo que él "es". Como si tuviera un disco en la cabeza repitiendo "yo soy el mismo que un momento atrás"... pero sin palabras. Si la cosa fuera verbal e individual esto se podría explicar simplemente: el tipo se está diciendo permanentemente a sí mismo quién es, porque eso es lo que para él significa "sobrevivir": tener una representación más o menos consistente de sí mismo en el tiempo. Dicho al revés: el instinto de supervivencia para el bicho humano significa estar "diciéndose" permanente e ininterrumpidamente "yo soy". Pero "diciéndose" entre comillas, porque esto no tiene necesariamente que ver con la palabra. La mayoría de este "decirse"...
El sistema consumista nos presenta la felicidad en una perspectiva plana, bidimensional, como si fuera un espejito de colores. "Tenemos el deber de ser felices" nos impone, para tenernos corriendo detrás de quimeras inalcanzables que nos imaginamos borrosamente como una total ausencia de tristeza y sufrimiento. Obvio decir que tal "felicidad" no existe ni siquiera como posibilidad en el ámbito de la experiencia humana. Además, esa "felicidad" suele ser concebida desde una perspectiva estrictamente individualista (es una conquista que cada cual debe realizar por sí mismo). Requiere incluso, muchas veces, el insensibilizarse ante los demás. Como efecto colateral, el tipo, además de no ser feliz, se siente culpable e incapaz por no poder lograrlo. Por eso, todo el que propone una receta para la felicidad, o es alguien que no ve en tres dimensiones (lo que habitualmente se dice "un chato") o es, lisa y llanamente un vende humo. La supuesta felicidad ...