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El Manual de Instrucciones

 

Casi todos los humanos, pero también varios perros, tenemos  (y obedecemos a) un imaginario "Manual de Instrucciones" (las mayúsculas son a propósito: significan "importante", "sagrado", "divino" o algo así).

No importa lo libre o espontáneo que el tipo se sienta, si no lo tuviera estaría preso, internado o
muerto.

El Manual de Instrucciones, pues, es imprescindible para vivir en sociedad pero, por eso mismo, podría atentar contra el desarrollo de la identidad individual.

Todo Manual de Instrucciones, no obstante, es único. Refiere a normativas generales de comportamiento, pero filtradas por quienes nos las transmitieron (generalmente al principio padres o cuidadores primarios, pero luego también educadores, grupos de referencia y líderes 'elegidos' -además de los elegidos por el algoritmo de su red social-).

El Manual de Instrucciones individual, entonces, viene a ser una especie de app o programa de amplio espectro que va guiando gran parte de nuestros actos cotidianos.

Serían como las reglas verbales de Skinner articuladas por el superyó de Freud.

Las instrucciones de las que consta ese "programa" regulan nuestra conducta social y la percepción de nosotros mismos y de los demás. Desde "no debo orinar en público" hasta "no soy bueno para las matemáticas". También posee todas las generalizaciones de caracter 'moralista': "la que se viste así es una trola" o "con esa traza seguro que es chorro" (acompañada por la instrucción del gesto que tiene que poner el tipo para expresar su desacuerdo con (y su no-pertenencia a) esa "gentuza").

Obvio que también hay muchas que nos cuidan: "no tirarme al mar sin salvavidas", "no mirar el celular mientras manejo", "no mezclar las bebidas", "no cojer sin forro"...

Algunas autoinstrucciones, por lo tanto, son útiles, incluso imprescindibles. 

Otras, nos van volviendo más insensibles: porque nos impiden mirar el árbol por pertenecer a 'cierto bosque', no ver la persona por ver la categoría. Muchas son autolimitantes y no tienen nada que ver con la realidad.

Muchas veces, por razones más bien fortuitas, a una frase soltada al azar por alguno de nuestros progenitores o figuras de referencia, le damos tal trascendencia que la convertimos en un supuesto eje de nuestra identidad.

Por ejemplo, "no sirvo para el deporte" (porque mi madre tenía miedo de que me lastimara y por lo tanto me decía que yo era muy frágil, para evitar que me expusiera a lo que ella temía). O "no sé cocinar" (porque eso es 'cosa de mujeres').

Subiendo de nivel, luego están las del tipo "no me merezco ser feliz", "siempre hago todo mal", "soy un pelotudo", "siempre tengo mala suerte", "no sirvo para..."

Y así andamos a veces, soportando la carga de palabras equivocadas que, sin embargo, condicionan nuestro destino. 🤷

¿Cómo nos relacionamos con nuestro Manual de Instrucciones? ¿Sabemos que lo tenemos, o creemos que nuestras conductas son espontáneas y libres?

¿Somos capaces de revisar esas instrucciones cuando las reconocemos como tales y preguntarnos si estamos de acuerdo? 

¿Somos capaces de des-sacralizarlas?

La 'felicidad' no es destino. Es cultura y aprendizaje.

No siempre se trata de "aceptar", las más de las veces se trata de "romper".... o, como se dice ahora: deconstruir.


Pablo Berraud


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