Me cruzo a menudo con lo que para mi es el prejuicio de que una persona, para estar cuerda tiene que ser racional. Cuando, en la práctica, me encuentro con más personas perturbadas por exceso de racionalidad que por su falta.
Hay una gran diferencia entre ser racional y ser realista. Porque la realidad, aún teniendo su lógica interna, desfía muchas veces cualquier intento de racionalización.
Y, sin embargo, para la persona humana tratar de razonar la realidad es inevitable, porque eso es lo que le da la sensación de controlarla. La racionalidad, en este sentido, no es mucho más que un mecanismo de defensa, en el más lato estilo freudiano.
La esencia de lo humano es la contradicción:
Cuando creo que crezco, quizás hay un aspecto en el que, simultáneamente, me envilezco o me traiciono o me distraigo y de tan orgulloso me caigo del balcón o pierdo el perro en una plaza.
Cuando me encarrilo y me pongo serio, me descarrilo de la otra dirección en la que lo importante está por fuera de lo serio.
Cuando yerro, acierto en otro juego que no percibo estar jugando, pero que reconoceré más adelante.
Cuando acierto puedo estar cometiendo el peor error de mi vida según mi propio juicio de 20 años después.
Estar convencido probablemente será la mejor receta para estar obstinadamente equivocado.
Estar desesperado puede ser imprescindible para ponerme creativo.
Y estar desorientado puede terminar siendo lo necesario para encontrar lo que necesitaba.
Afirmar simultáneamente los opuestos es la fricción que produce la chispa que clarifica por un instante la oscuridad que a veces nos impone la luz cegadora del sentido común.
Pablo Berraud

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