El sistema consumista nos presenta la felicidad en una perspectiva plana, bidimensional, como si fuera un espejito de colores.
"Tenemos el deber de ser felices" nos impone, para tenernos corriendo detrás de quimeras inalcanzables que nos imaginamos borrosamente como una total ausencia de tristeza y sufrimiento.
Obvio decir que tal "felicidad" no existe ni siquiera como posibilidad en el ámbito de la experiencia humana.
Además, esa "felicidad" suele ser concebida desde una perspectiva estrictamente individualista (es una conquista que cada cual debe realizar por sí mismo).
Requiere incluso, muchas veces, el insensibilizarse ante los demás.
Como efecto colateral, el tipo, además de no ser feliz, se siente culpable e incapaz por no poder lograrlo.
Por eso, todo el que propone una receta para la felicidad, o es alguien que no ve en tres dimensiones (lo que habitualmente se dice "un chato") o es, lisa y llanamente un vende humo.
"Tenemos el deber de ser felices" nos impone, para tenernos corriendo detrás de quimeras inalcanzables que nos imaginamos borrosamente como una total ausencia de tristeza y sufrimiento.
Obvio decir que tal "felicidad" no existe ni siquiera como posibilidad en el ámbito de la experiencia humana.
Además, esa "felicidad" suele ser concebida desde una perspectiva estrictamente individualista (es una conquista que cada cual debe realizar por sí mismo).
Requiere incluso, muchas veces, el insensibilizarse ante los demás.
Como efecto colateral, el tipo, además de no ser feliz, se siente culpable e incapaz por no poder lograrlo.
Por eso, todo el que propone una receta para la felicidad, o es alguien que no ve en tres dimensiones (lo que habitualmente se dice "un chato") o es, lisa y llanamente un vende humo.
La supuesta felicidad individualista moderna parece consistir en publicar selfis para que los otros vean. La felicidad sigue siendo cantidad de gente que me ve. Pero sin el vínculo.
Por el contrario, en el amor, caben la totalidad de los sentimientos humanos, desde la dicha extrema hasta la profunda tristeza. Y eso lo convierte en el posibilitador de la experiencia tridimensional, completa, de la vida. Aquí, cada realidad es única. No sujeta a fórmulas.
La inmersión en el vínculo, aunque a veces duela, permite entonces el acceso a un tipo de felicidad más agridulce, si se quiere, pero más real.

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