Tienes una tarea que realizar. Haz cualquier otra cosa, haz cualquier cantidad de cosas, ocupa tu tiempo por completo; mas si no cumples con esta tarea habrás perdido todo tu tiempo.
Rumi
Demandados brutalmente por la supervivencia, algunos, en un instante de conciencia, advertimos con horror cómo nos tornamos eventualmente inhumanos...
Algunos devenimos animales... A veces, lobos rapaces, a veces, ovejas sumisas y apáticas que se dejan llevar amontonadas a no se sabe dónde.
O quizás, peor, nos volvemos engranajes.
Algunos, pulcros engranajes eficientes, otros, engranajes rotos y defectuosos que se lastiman más y más a sí mismos y a la "maquinaria" de que forman parte con cada nueva vuelta.
O quizás, incluso, cansados de resistir, nos parecemos a cadáveres estrellados por las olas una y otra vez contra un acantilado y le decimos a eso “acción” o movimiento voluntario.
Milenarias tradiciones afirman que la central tragedia humana consiste justamente en eso. En no llegar a ser completamente humano (y no “demasiado humano” como quería Nietzche, interpretando humano como sinónimo de pelotudo).
Yo tengo para mí que esta “tarea” de la que hablaba Rumi es justamente ésta de volverse más humano.
Pero, dirán... ¿no es que ya lo somos?
¿Qué significa esto?
El hombre parece ser el único bicho que nace incompleto.
Su “tarea”, por lo tanto, consiste justamente en completarse.
En construirse a sí mismo.
“Bicho incompleto”, podría decirse, es una bastante ajustada definición de ser humano.
Y esta incompletitud (eso que algunos gustan en llamar “la falta”) es lo que nos causa angustia.
Tenemos infinitas maneras de distraernos de esa angustia.
La podemos tapar con frivolidad, con consumo, con compulsiones, con sexo desenfrenado, con acumulación de conocimientos diversos e inservibles, con adicción al trabajo o a la acumulación de riqueza o a cualquier tipo de droga, con aturdimiento intencional en actividades frenéticas, con productividad, quedándonos como un pescado hipnotizados frente al televisor o, como yo ahora, escribiendo boludeces.
Pero la “verdadera tarea” es la de la realización personal, la de volvernos más humanos, aunque sea una tarea que no parezca tener fin, porque de hecho no lo tiene y lo que importa es el proceso.
Por supuesto que no hay una receta única para esto. Le toca a cada cual encontrar su propio método de humanización.
Pero una “auto-humanización” es imposible si no es también una “alter-humanización”. No somos islas.
Eso de “volverse humano” algunos afirmarán que es ser más racionales. Otros, que la clave consiste en ser más emocionales. Otros en seguir sin más sus instintos o (incluso) caprichos.
Otros muchos, hoy en día, opinan que lo mejor es ser lisa y llanamente un animal.
Pero no somos ni sólo razón, ni sólo sentimientos ni sólo instinto y cuerpo. Somos todo eso entreverado de una manera muy característica y única. Una manera humana: animal, espiritual y comunitaria.
Y, si bien no hay respuesta única a esa cuestión, sí hay infinidad de respuestas erróneas o equivocadas. Las fragmentarias (sólo razón, sólo emoción, sólo instinto, sólo “alma”) son algunas de las equivocadas.
Porque, en definitiva, nuestra incompletitud, no es azarosa. Es una incompletitud llena de “ganchos” orgánicos destinados a “religarnos” con lo que nos rodea. Con la naturaleza, con el entorno social, con el mundo espiritual, pero, sobre todo, con nuestros prójimos más próximos.
Pablo Berraud

Comentarios
Publicar un comentario